
El silencio y la indiferencia aturden más que los cañones.
Vas a una guerra defendiendo un País y regresas derrotado a otro.
Lo primero que descubrís después de la guerra es la vida.
Las pequeñas cosas de la vida toman realmente dimensión,
cuando nosotros tomamos consciencia de la nuestra.
Delante de un fusil, es probable que te maten, detrás de él, quizá pierdas la vida.
Antes observaba, después de Malvinas, pude ver.
Me cansé de la vida, ahora... quiero vivir.
Dos de abril, día que me duele el alma; son los golpes del silencio que sufro el resto del año.
Una carta, es un eterno pasaje, al leerla podrás viajar en el tiempo.
Desde este lado: enfrente está el enemigo; desde el otro lado: enfrente está el enemigo;
es decir, todos somos el enemigo.
Antes me creía inmortal, en Malvinas me di cuenta que estaba vivo.
Un soldado, lo único que recupera después de la guerra son los kilos.
Regresé de la guerra con la vista baja, la vergüenza me impedía mirar a la gente a los ojos;
cuando por fin levanté la vista, vi sus espaldas.
Para un pueblo el final de la guerra es el comienzo de la paz,
para un soldado, sólo el silencio de los fusiles.
A veces me sostiene la mesita del bar
y entre las letras pintadas en el vidrio
espío a la gente
que veo como a las letras
Cuando miro a sus ojos
es como si viera a la misma persona
pasar una y otra vez de un lado a otro
sin que vaya a ningún lado
siempre el mismo rostro vacío
porque en mi país
expatriaron la sonrisa
A veces me sostiene la mesita del bar
y entre las letras pintadas en el vidrio
busco en ese numeroso rostro vacío
alguno que haya encontrado
la sonrisa que volvio del exilio
hacerle señas
que sus ojos se miren en los míos
y cual espejo se me dibuje esa sonrisa
porque su rostro también será el rostro mío
Yo buscaré otro espejo al otro lado del vidrio
en el que se refleje mi sonrisa
para que otra vuelva del exilio
y así multiplicarlas
hacer millones
para expatriar los rostros vacíos.
Poner el pecho arriesgar la vida
y volver
para siempre volver
burla cíclica de la historia
por el olvido instantáneo
feroz enfermedad que no perdona
y nuevamente la plaza
con sangre y sin palomas
y el pueblo que llora al pueblo
desde el olvido a la memoria
Sólo crecen los árboles
a lo largo de esta historia
porque la sangre es la misma
sobre la plaza sin palomas.
Lo tuvo entre sus brazos
lo apretó contra su pecho
y le hizo sentir todo el amor
en ese primer minuto de vida
Veinte abriles más tarde
la escena volvió a repetirse
pero esta vez
era una despedida
Pasaron los años
y allí está
golpeada por la vida
con sus brazos abiertos
esperando
para hacerle sentir todo su amor
como en aquel primer minuto de vida
Lo tuvo entre sus brazos
y es esa sensación
que la mantiene viva.
Calesita (Descripción de una noche)
Al "Nono", "Pipo" y el "Tano".
Una gris alfombra
te lleva a la vieja estación
que mira de frente al Imperio
dónde la música de una Generación
abre las puertas del tiempo
hacia la calle y envuelve
Calesitas de espuma y alcohol
que giran y giran frenéticas
y marean y no paran
bajo el viejo sifón oxidado.
La pitonisa embriagadora de la noche
bambolea la pera
con mis amigos nos turnamos
para arrancarle la sortija
y seguimos dando vueltas y vueltas
y otra vuelta y otra más
la alegría de estar juntos
la sed que no muere
la sed de vivir después de la vida
la amistad que nos sostiene.
Tomados de las manijas de vidrio
nuestras manos en el centro
de la calesita se encuentran
la calesita que sigue
dando vueltas y vueltas
nos vamos al pasado y volvemos
otra vuelta
nos vamos al presente y volvemos
otra vuelta
una vuelta con la cara sucia
por el hollín de la turba
otra vuelta con la cara limpia
otra cara otra vuelta
hasta que la pitonisa dice basta
ya no bambolea la pera
nos bajamos de la calesita
alegres nos vamos
volando sobre la gris alfombra
con la amistad a cuestas.
Amor de locos
¡No renuncies jamás a tus sueños, los cuerdos
nada saben del sueño admirable de un loco!
Charles Baudelaire
Eres lo más real que tengo dijo la loquita
haciendo dudar al hombre que jamás vio
de la existencia de su entorno
Un rayo de cordura atravesó su mente
y el loquito respondió a la mujer que jamás vio
que hermoso compartir contigo este mundo
lo único real somos vos y yo
Tenés razón, dijo la loquita
no te veo pero te escucho
asi que estás a mi lado
por lo tanto existes ¡Eres real!
Eres lo mas real que tengo
A mi me pasa lo mismo dijo el loquito
no te veo pero te tengo a mi lado
por eso te escucho
entonces tu también existes ¡Eres real!
Eres lo mas real que tengo.
¡Es cierto!
Lo único real somos vos y yo
lo demás no existe
Vos sos única para mi
yo soy único para vos
Asi concluyeron
quedándose solos
loquita en silencio
loquito distante
pensando cómo será
en la realidad
de un mundo que no existe
el amor
Encerrado en la ciudad
encerrado en mi, encerrado
sin poder escapar
de la asfixiante rutina
pienso en vos, y respiro
busco la salida
en ese banco que espera
a la sombra de un tilo de la plaza
de mis bolsillos
saco un lápiz y un papel
comienzo a escribir
algo como:
que me falta el aire si no estás
un perro se me acerca
moviendo su cola
lo acaricio
lame mi mano
se sienta
su mirada triste
parece pedirme el lápiz y el papel
para escribir algún verso
a alguien que ama
lo miro pensando que no puede
me mira como pensando que no puedo
me paro, se para
los dos salimos caminando
de sombra en sombra por la plaza
yo ya no me sentía tan encerrado
el ya no se sentía tan solo
a pesar de que no escribimos ningún verso
en silencio nos acompañamos
cada uno
pensando en su amor.
Cuando se corre la tinta en
una carta
Cuando se corre la tinta en una carta
es porque estornudaste sobre ella
quizá por alergia a algún verbo
por la caída como acento de una lágrima
ortográficamente rebelde
por la humedad de tus manos
que tiemblan ahora como entonces
porque tuvo destino de lavarropas
dobladita en el bolsillo trasero de tu vaquero
porque volcaste el mate
pintando de verde algunas palabras
por la humedad del lugar donde se esconde
de ojos ajenos pero no del tiempo
cuando se corre la tinta en una carta
que mis manos plegaron
como un avioncito flecha
prefiero pensar en todo eso
y no en la lluvia.
La fuente de las lágrimas: Lo inefable
Paul Valéry
Abrí los ojos
en un trueno
Se manifestó la vida
con su disfraz de espanto
Entre las piedras
muriendo absurdamente
nada pude hacer
mas que llorar
y lloré.
Dime con quién andas y te diré si mueres
Ojos que no ven corazón que no muere
La muerte con botas caza ratones
y roba lauchitas
Va a la escuela y te corrige con rojo
Le pone zancos a la mentira
el terror es derecho y humano
Mientras las lauchitas crecen
la muerte con botas se cambia el calzado
sabe que en las canchas gritan más fuerte
Los ojos comienzan a ver
las lauchitas miran hacia atrás
Ya puedes decir con quién andas
pero la muerte con botas
no te dirá quién eres
La mentira pierde el equilibrio
el terror ya no aterroriza
Entonces
la muerte con botas
se disfraza de celeste y blanco
y en la trampa de abril
hasta dios queda atrapado
Aunque la muerte se saque las botas
aunque ya descalza la muerte se muera
habrá
arrugas sin después
piel tersa sin antes
y en los huecos de los abrazos
besos sin mejillas ni labios
caricias sin piel y sin manos
Lauchitas emboscadas en abrazos
envueltas en besos
acorraladas en caricias
dudaron
Y supieron
Había una vez una gran familia, en la que cada uno hacía lo suyo y muy de vez en cuando se reunían en su totalidad si una fiesta los convocaba. El lugar que habitaban era muy grande, con muchas hectáreas de terreno, pero todos vivían concentrados cerca de la casa principal; allí gozaban de todas las comodidades.
Lejos, sobre el límite sur, una gran arboleda asomaba por entre la maleza impenetrable de espinos; tomando altura para alcanzar con sus ramas el cielo, en busca de oxígeno y luz para sobrevivir en ese inhóspito terreno, lejos de las alimañas gobernantes.
Detrás de ella... el río; donde hace más de un siglo los primeros miembros de esta familia, pescaron desde la orilla, disfrutando de la arboleda.
Algunos lo habían olvidado...
Un día, en una de esas fiestas, donde se encontraban abuelos, padres y hermanos mayores, recordando tiempos pasados, tinto mediante surgió una idea: mandar a los más chicos al límite sur a desmontar el bosque; tras reunirlos en el patio central de la vieja casona le transmitieron su idea, indicándoles cómo y por qué debían hacerlo; que una vez concluido el acceso al río podrían ir a pescar, tal vez hasta comercializar con la pesca; después de todo la tierra era de ellos y la familia nunca olvidaría el esfuerzo realizado cada vez que se llegaran hasta el río para un chapuzón de verano o por un picnic primaveral.
La arenga dio resultado... se lanzaron a la gran empresa.
Así fue que los jóvenes desmontaron el bosque; ahora toda la familia hablaba del sur, donde iban a pescar y a pasar las tardes bajo los árboles, disfrutando del trabajo realizado por esos muchachos que, aún con espinas clavadas y con las marcas en sus cuerpos por las mordeduras de las alimañas que se resistían a dejar lo que creían suyo, estaban orgullosos de su sacrificio; lo habían hecho con la convicción de ayudar a la familia.
Pasó el tiempo... se quedaron solos.
No pudiendo obtener los medios para mantener lo que tanto esfuerzo les había costado; la maleza volvió a crecer avanzando sobre sus tierras impidiendo el acceso al río y las alimañas volvieron a gobernar el sur.
La familia se volvió indiferente ante la situación, no escuchaban a los hermanos menores; por eso, algunos se fueron de su casa; otros, vencidos, al ver que el esfuerzo era en vano tomaron la actitud de la mayoría; muy pocos son los que siguen luchando por recuperar el acceso al río, pero solos con la familia dividida y sin medios, ven su objetivo cada vez más lejos.
Pero siguen luchando... Aún en Soledad.
Nací y me crié en Tolosa, cuando sus calles eran transitadas por los tranvías, el carro del lechero, del verdulero y las bicis del pescador y el afilador, aquellas calles que se vestían de fiesta para los carnavales y se alegraban con los corsos en la adoquinada calle 2, aquellas calles tranquilas de las farolas que se bamboleaban por el viento en cada esquina y por esas calles, de la mano de mi vieja, iba caminando al Jardín de Infantes Nº6, esas calles que caminé, día tras día, para llegar a la salita naranja y pasar a la celeste y así egresar en el '68; aquel Jardín Nº6, el de las fabulosas kermesses que reunían a todas las familias tolosanas, en el que alguna vez, en algún acto patrio me vestí de granadero, ¡De soldadito de mi Patria!, y aquel disfraz, aquella actuación infantil de soldadito, fue un presagio.
Catorce abriles más tarde transitaba las mismas calles, pero el tranvía, el lechero, el verdulero, el afilador y el pescador ya no estaban, era la hora de los colectivos, los saches de leche, las verdulerías, los cuchillos serruchos y las pescaderías, las calles ya no eran tan tranquilas en Tolosa, con la luz de mercurio las noches parecían días, yo era soldado, y esta vez no era un disfraz infantil.
2 de abril de 1982 se recuperaron las Islas Malvinas, que estaban bajo soberanía Inglesa desde que fueron tomadas por la fuerza en 1833 por el Capitán inglés John Byron, esas Islas en las que ese mismo año unos gauchos argentinos, comandados por el gaucho Rivero, se revelaron y venciendo a los ingleses pudieron izar la Bandera Argentina por unos meses; en esas nuestras Islas, en el año 1962, a los 38 años de edad, el piloto Miguel Fitzgerald, oriundo de Guaminí, Provincia de Buenos Aires, aterrizó con su avioneta y desplegó una Bandera Argentina, esas Malvinas, que sabemos Argentinas, y en las que estuve desde el 14 de abril hasta el 19 de junio de 1982.
Han pasado 18 años de la Guerra de Malvinas, según el almanaque, pero para los soldados, Malvinas es un pasado que transcurre en el tiempo, Malvinas está y estará presente siempre en nuestros corazones y será por siempre parte de nuestras vidas.
Hoy, sigo transitando las calles de Tolosa, me dirijo al Jardín Nº906 y esta vez llevo a mi hijo de la mano y voy disfrutando de la caminata, miro el frente del Jardín, a mi hijo y alrededor, a ver si veo el carro del lechero o el tranvía, entramos, hoy hay un acto, le doy un beso soltándole la mano para que vaya con sus compañeritos, y busco entre las señoritas a la seño Marta o a Bety y no las encuentro, ya no están, y miro las caritas detrás de las pecheras azules de cartulina y mis ojos siguen recorriendo el salón de actos y en una de las paredes, una plaquita de bronce que dice Islas Malvinas, miro a mi hijo y lloro, me emociona revivir el pasado. Me hace feliz que se mezclen en ese momento todas las imágenes, el pasado, el presente, fundiéndose en un mismo tiempo y que estas emociones se puedan repetir en nuestros corazones por generaciones; como dice el escritor platense Alberto Fernandez Lafuente..."Lo más hermoso de la vida es que siempre vuelve a comenzar."
Yo hago pareja con el Tanooooo!!!. Uno siempre buscaba al más rápido para jugar a la mancha de a dos... o al más compinche; las otras parejas eran: Osvaldo y Norber, Luisito y el Colo, Marroco y Pocho, Cartucho y Ale, Bianchi y Bovino y otras que hoy no recuerdo.
Corríamos todo el recreo y todos los recreos, así quedábamos, los pelos largos mojados en transpiración, algún que otro botón menos en el guardapolvo y las rodillas lastimadas cuándo las gastábamos, en una caída, contra las grises baldosas irregulares del patio. El final del juego lo marcaba “La Tula”, cuando hacía sonar la campana, y.. ¡Todos al aulaaaa!!!, ahí sí, íbamos caminando, no teníamos ningún apuro, nos esperaba “La Pirula” con sus problemas de regla de tres simple, que no eran tan simples y para nosotros eran realmente un problema.
Transcurría la década del ‘70, teníamos 12 años, los pantalones oxford, los zapatos con plataforma, los malones, el winco a full con Sandro, Roberto Carlos, los longplays de música en libertad y el de colores de Alta Tensión, viendo a Biondi,...“Patapúfete ¡Que fenómeno este tiiiipo!”... , Ultraman, Titanes en el ring,...”¡Con el cortito Martín!” ...No sabíamos que pasaba pero intuíamos que algo no estaba bien en el País. El último grado de la primaria, éramos los más grandes de la escuela, sobre el guardapolvo usábamos una enorme corbata celeste dónde a lo largo con letras negras decía “egresados ‘74”. Era una sensación medio extraña, la alegría de terminar la escuela primaria y la tristeza porque nos dejaríamos de ver con la mayoría de los compañeros con los que habíamos convivido siete hermosos años en la Escuela Nº79 José María Bustillo de Tolosa, “La 79” cómo le decíamos en el barrio.
Ya tenía claro que quería ser cuando fuera grande, me quería dedicar a la electrónica, así que me anoté, para rendir el examen de ingreso, en la E.N.E.T. Nº1 Albert Thomas.
Me acuerdo de ese primer día en el Thomas, un hall inmenso lleno de pibes, con caritas de miedo, el nerviosismo del examen, el saco, la corbata, todos en silencio, el miedo a lo desconocido y ya no importaba el resultado, quería rendir el examen cuanto antes, quería que terminara, me transpiraban las manos, me costaba tragar saliva y me dolía la panza. A la semana siguiente, fui a buscar el resultado del examen, busco en los listados del transparente, y ahí estaba, mi nombre, sigo la línea de puntos con la vista y en el otro extremo ¡¡un 7,50!! ¡Que alegría!, Ya era alumno del industrial.
Primer día de clase, nuevamente ese inmenso hall lleno de pibes, esta vez todos más tranquilos. Comienzan a distribuirnos por divisiones, segunda división es la que me asignan, íbamos apareciendo de a uno en el aula, ocupando los bancos, cuando entré ya no quedaban muchos por ocupar, todas caras nuevas. El aula completa y entra el preceptor, comienza a pasar lista y ¿A quién nombraron? ¿Con quién me encuentro? ¿Quién estaba?... el Tano, enseguida lo busqué con la vista, el ya me había visto porque ya estaba en el aula cuando yo entré. Que bueno fue encontrarnos, habíamos compartido muchos años en “La 79” y se nos dio para seguir juntos, sabíamos que íbamos a ir a la misma Escuela, pero eran como doce divisiones de primer año así que la posibilidad que nos tocara juntos era poco probable... pero no imposible.
Año 1975, primer año del industrial, las caminatas por calle 1, las marchas a Plaza San Martín para pedir, frente a la casa de gobierno, por el boleto secundario. Año ’76, las rateadas, el bar Don Julio, los licuados de banana con sacramentos, la diagonal setenta y nueve hasta el Santa Margarita para ir a buscar a alguna chica a la salida, siempre y cuando las monjas no nos corrieran, las primeras novias, Sui Generis, Manal, Pescado Rabioso, los jeans color crudo, las camisas floreadas, el golpe de estado, comenzaban los años nefastos, la dictadura, los primeros desaparecidos, el miedo que surgía, los montoneros, el E.R.P., comenzábamos a entender que estaba pasando en el País.
Así llegamos a 1977, terminaba el ciclo básico y había que elegir la especialidad, nuevamente me separaba del Tano, él quería ser técnico electricista, yo técnico electrónico y en el Thomas no estaba la especialidad, así que debía cambiarme de Escuela.
Me inscribí en la E.E.T. Nº3 Fray Luis Beltran de Los Hornos, única escuela técnica de la zona que tenía la especialidad de electrónica.
Año 1978, ciclo superior de la carrera, Argentina Campeón del mundo, el barrio de Los Hornos, otras chicas, los bailes de Teleclub, Queen, Pink Floyd, Deep Purple, Supertramp, otros desaparecidos, los argentinos somos derechos y humanos, todo el día fuera de casa, desde Tolosa a Los Hornos no había tiempo de volver a almorzar, así que lo hacía en la escuela.
Un poco de sacrificio, pero me gustaba, estaba cómodo en la escuela y en el barrio, que recorría a diario entre turno y turno, con el transcurrir del tiempo uno iba conociendo gente y haciendo amigos en la zona.
Llegaba el final de la carrera, último año del industrial, 1980 y se venía el sorteo de la clase ’62 para la colimba. Recuerdo esa mañana, todos con las radios a todo volumen para escuchar el sorteo, los profes no nos daban clase, estaban expectantes como nosotros, nos acompañaban, sufrían a la par nuestra el sorteo, hasta que llegó mi turno, ¡¡número de ordeeen!!! Setecientos cuarenta y dos - siete, cuatro, dos; ¡¡sorteoooo!!!! Setecientos cinco; siete, cero, cincoooo.... Uffffff!!! Que golpe, con ese número no zafaba, candidato seguro a hacer la colimba en el ’81.
Año 1980, me recibí de Técnico electrónico, ya me había asegurado ser soldadito del Ejercito en el ’81.
Antes de hacer la colimba, quería dar el examen de ingreso a la facultad de Ingeniería, así que me esperaba el verano del ’81 con los libros de matemática y física y el curso de ingreso. Y nuevamente se cruzaron nuestros caminos, me vuelvo a encontrar con el Tano en la U.T.N., él había tomado la misma decisión, hacer el curso de ingreso y dar el examen para reservarse un banco en la facultad para después de la colimba. También lo habían sorteado y le había tocado en suerte ser soldadito del ejercito.
Llamado al Servicio de Conscripción, el 23 de marzo de 1981 me debía presentar en el Distrito Militar La Plata, que tenía asiento en Diagonal 78, esquina 10. Ahí me presenté, todos en fila según el número de la cédula de llamada y nos comenzaban a dar destino, el mío, Regimiento 7 de Infantería Mecanizado Coronel Conde, tuve suerte me quedaba en La Plata, el regimiento estaba en 19 y 51 y como siempre, ya se nos había hecho costumbre, me encontré con el Tano, fue increíble, otra vez juntos, mismo Regimiento, misma compañía, mismo grupo, éramos soldados.
Así pasamos la colimba, en la compañía de infantería “A”, Chacabuco, nuevamente juntos, íbamos sumando a nuestra vida historias compartidas, la primaria, la secundaria, la facultad y ahora el servicio militar.
El Tano, mi amigo de la infancia, mi compinche, mi hermano del alma, siempre volvíamos a encontrarnos para compartir momentos importantes, trascendentes de nuestra vida.
Diciembre del ’81, la alegría y el festejo por la baja, ¡¡nuevamente civiles!! Retomamos nuevamente nuestro camino, nuestros proyectos.
Año 1982, comencé a buscar laburo, algo que me aportara unos mangos para los gastos, mi viejo me había dicho que mientras estudiara me bancaba, pero bueno, uno a los dieciocho necesita unos pesitos extras, alguna pilcha, los bailes, la novia, la nafta, para cuando el viejo me largaba el auto.
Los viejos no tenían problemas en bancarme las salidas, pero a mí me daba vergüenza pedirles plata para esas cosas, mi vieja cuando yo nací dejó de laburar y mi viejo hacía todo un sacrificio para que en casa no falte nada, así fue que entré a trabajar a un depósito mayorista de artículos de limpieza, que quedaba cerca de casa, de la siete de la mañana a las dos de la tarde, luego, me quedaba un tiempito para almorzar y descansar antes de ir a la Facu, entraba a las seis. Nos encontrábamos con el Tano, para ir juntos y después de la cursada nos íbamos al carrito “El pulpo” a comer unos sándwichs y tomar algo.
Todo parecía estar bien, seguía tomando decisiones, elegía que quería y que me hacía feliz, mi novia, los amigos, mi laburo, el estudio. Me imaginaba un futuro y todos mis esfuerzos estaban enfocados hacia ese objetivo. Aunque la vida, siempre hace y deshace a su antojo, entonces suceden cosas, que nosotros no manejamos, ni elegimos y hasta nos excluyen de tomar decisiones, generando un cambio fundamental y eso fue lo que me pasó. 2 de abril de 1982, tropas argentinas recuperan las Islas Malvinas.
Todo el País con banderas en las calles, una multitudinaria movilización en Plaza de Mayo, Galtieri en el balcón de la Rosada, “... Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”..., Las Malvinas Argentinas, ingleses go home, el mundo nos mira, todo una locura, algunos no entendíamos nada,... todo una locura.
Unos días después, íbamos caminando con “Sanguchito”, un amigo de toda la vida, hacia mi casa, mis viejos estaban en la puerta, sus caras me decían todo, ya me imaginaba de que se trataba, con el Tano habíamos estado hablando del tema, la reincorporación de la clase ’62.
Mis viejos recibieron la Cédula de llamada, la reincorporación al servicio ya era un hecho, el motivo de la cédula de llamada, la movilización, me tenía que presentar en el Regimiento 7 el día 9 de abril a las siete de la mañana, también decía ... “Traer artículos de higiene y ropa de abrigo”... Otra vez era soldado, era algo que no me hacía feliz, eso, no lo había elegido, eso, no lo había decidido, eso, no estaba en mis planes.
A pesar de no estar de acuerdo, a ninguno de nosotros se nos cruzó por la cabeza no presentarse (hubo contadas excepciones), no por el miedo a ser desertor al no cumplir con la Ley, sino que nuestra obligación era moral, era para con nuestros compañeros, nuestros amigos ¿Cómo no nos íbamos a presentar? no podíamos fallar y además el orgullo de defender nuestra Patria, mas allá de las obligaciones y las Leyes del gobierno de facto.
Martes 13 de abril, la despedida de los familiares, dejábamos todo...todo, nos esperaban Las Malvinas, nos esperaba la guerra, nos esperaban muchas cosas que nosotros no esperábamos.
Nuevamente el Tano, a mi lado, compartiendo una nueva historia en la historia de nuestras vidas, seguramente no iba a ser como las anteriores.
El 14 de abril, el día de mi cumpleaños, llegamos a Malvinas, cumplía veinte, mi primer cumpleaños lejos de mi casa, de mis viejos, de mi familia, de mis amigos; lejos de todo... lejos de todo.
Al estar allá pensé en gritar como cuando estábamos en la primaria... “Yo hago pareja con el Tanooooo!!!. Uno siempre buscaba al más rápido para jugar a la mancha de a dos... o al más compinche”... Allá el juego no era la mancha de a dos, era la guerra y lejos estaba de ser un juego.
Con el Tano, teníamos distintos roles de combate, él era apuntador de cañón, yo tirador, así que después de llegar nos separamos y no nos volvimos a ver.
Llegaron el hambre, el frío, los bombardeos continuos, los compañeros y amigos que comenzaban a caer, la impotencia, la incertidumbre de no saber cuanto iba a durar la vida, cuanto iba a durar la muerte, cuanto iba a durar la guerra, eran momentos interminables, noches infinitas y el deseo de que terminara, ya no importaba nada, no importaba cómo, sólo queríamos que terminara.
Estaba en un grupo de avanzada, nuestra misión, enviar información a nuestra sección que estaban unos tres mil metros detrás nuestro, pero la noche del trece de junio, perdimos contacto, quedamos aislados, nos atacan, nos defendemos, comienza el fuego de armamento pesado, nos replegamos, la noche y la nieve ayudan a que no nos detecten, volvemos a nuestras posiciones, quedamos entre los dos fuegos, no entendíamos nada, ni sabíamos lo que estaba sucediendo. En realidad la defensa de Monte Longdon había cedido, las tropas argentinas se venían replegando hacia Puerto Argentino, los ingleses avanzaban y nosotros, sin saberlo, quedamos detrás de las líneas inglesas.
Comenzaba a amanecer, los bombardeos ya no eran tan intensos y los disparos de armas livianas espaciados. Desde nuestras posiciones comenzamos a ver el terreno, estaba irreconocible, hacía tres días que veníamos soportando un continuo bombardeo, no era el mismo, parecía que estábamos en otro lugar y los helicópteros ingleses ya sobrevolaban la zona.
Estábamos solos, ya no se escuchaban disparos, se veía movimiento de tropas y no eran las nuestras, éramos solamente trece soldados, solamente un grupo, ¿Qué hacemos?. La decisión la tomamos entre todos, romper el armamento y entregarnos, pase lo que pase.
En la mañana del 14 de junio, después de destruir todo el armamento, comenzamos a caminar hacia donde habíamos visto movimiento, debíamos caminar unos cuatro mil metros hacia una elevación después de pasar una bahía que se formaba por un codo del río Murrell. Así, los trece, desarmados, caminando en fila, dejando dos metros, mas o menos, entre cada uno de nosotros, emprendimos la caminata, una caminata que no sabíamos como iba a terminar, no sabíamos si era nuestra última caminata por Malvinas o simplemente nuestra última caminata.
Llegamos al lugar dónde habíamos visto movimiento, no encontramos a nadie, mucho silencio, muy sospechoso, no era bueno lo que sucedía; de repente se escucharon cerrojos de fusiles y muchos gritos en inglés, comenzaron a salir soldados de atrás de las piedras, apuntándonos, nos tenían rodeados. En ese momento cerré los ojos, esperaba los disparos, se me cruzaron un montón de imágenes, pensé en todo lo que había dejado en el territorio, apreté los dientes y contuve la respiración... y nada, sólo se volvieron a escuchar más gritos en inglés, abrí los ojos, largué el aire,... ¡No dispararon! ¡Sigo vivo! Pensé... Comencé a mirar las caras de los ingleses, ellos también se notaban cansados, ellos también querían que terminara; en ese momento supe que iba a regresar a casa.
Todos cuerpo a tierra, la cara contra la nieve, las manos en la nuca, no levanten la cabeza; Gustavo, uno de nuestro grupo, hablaba fluidamente el inglés y era el que nos repetía que estaban diciendo. Nos iban revisando de a uno, nos hacían parar y nos palpaban; quise ver que estaba sucediendo y levanté la cabeza, como respuesta recibí una patada, por suerte sobre el casco, igualmente quedé un poco aturdido, pero entendí el mensaje, ése no necesitó traducción. Después nos paramos y comenzamos a caminar hacia el monte Moody Brooke, ahí se encontraba el grueso de la tropa inglesa.
Llegamos, hasta una enorme piedra donde se encontraban más prisioneros, nos indican que nos sentemos junto a ellos, me estoy acercando y uno levanta la vista, me mira a los ojos y sonríe, con una sonrisa que apenas podía disimular el dolor, ¡era el Tano! ¡Estaba vivo! Creo que ninguno de los dos podía creer ese encuentro, pero era real, estábamos ahí, sobreviviendo, nuevamente juntos, y esta historia nos encontró, como prisioneros de guerra.
Hacía veinte años que habíamos nacido, cuando llegamos a Malvinas, hoy hace veinte años que volvimos a nacer en Malvinas, y el Tano siempre estuvo, siempre está, en las buenas, en las malas. El Tano, mi amigo de la infancia, mi compinche, mi hermano del alma, al que me une una historia de historias compartidas, que marcaron nuestras vidas, nuestros corazones, por siempre, y una amistad que llevamos grabada a fuego en el alma.
...“Yo hago pareja con el Tanooooo!!!. Uno siempre buscaba al más rápido para jugar a la mancha de a dos... o al más compinche”...